Make your own free website on Tripod.com

C. Los dialectos, los idiolectos y los personajes

          Decíamos antes que el escritor tiene que preocuparse por educar su voz. Ah, pero nos faltó decir claramente  (aunque sí lo insinuamos) que el escritor no sólo tiene una voz, sino muchas: las voces de sus personajes, la voz de su narrativa, la voz de su descripción y, por supuesto, su propia voz. Los dos términos raros que menciono en el título de esta sección son lingüísticos también, y tienen que ver precisamente con esas voces. Antes que nada, definámoslos.

          Dialecto es un término por lo general mal usado; ¿no les han dicho alguna vez que lenguas indígenas como el maya o el otomí son dialectos? Charras, soberanas charras. Aprovechemos de una vez para deshacernos de algunas dudas definicionales: Lengua es el conjunto de signos orales y escritos que se usa para comunicarse, idioma es la lengua oficial de un país, dialecto es la variante de una lengua en una región geográfica. Por ejemplo, el español es una lengua, es el idioma de España, México y muchos países de Sudamérica, y sus dialectos son precisamente éstos: el dialecto de España, el de México, etc.
 
           Un dialecto incluye todas las diferencias que hay en un mismo lenguaje en diversas regiones: el acento, las palabras, los usos de las palabras. En México hablamos despacio, en España se habla rapidísimo. El cuento de la Z y la X ya nos lo sabemos. Algo que en México está “padre”, en España estaría “guay”. Todas estas son diferencias dialectales, y es bueno tenerlas en cuenta a la hora de escribir.

          El idiolecto es una subdivisión del dialecto.  Es el modo muy particular de hablar que tiene una persona. Sí, cada uno de nosotros usa diferentes palabras, diferente velocidad, diferente tono de voz. Eso es lo que compone nuestro idiolecto.

          Bueno, se preguntarán ustedes, ¿y todo esto para qué sirve? Pues para ayudarnos en la elaboración de la cosa más delicada y más importante que puede tener una historia: los personajes.

          Hay muchas cosas que hacen inolvidable a un personaje, entre otras, su forma de hablar (o de callarse, si se da el caso). Y aquí viene un error que no dejo de hallarme cuando tengo que corregir un escrito: el personaje habla idéntico que su autor,  y, si en la historia hay más de uno, todos se sueltan hablando igual. Ya estuvo bueno de telenovelas, pero, caray, no se me ocurre otra cosa qué mencionar para dar un ejemplo de este problema. Lo bueno, aquí hay también muchos casos positivos, pero esos ya los dejaremos para más adelante.

          La solución de este problema es un poco más complicada que la de los otros que hemos estado viendo, ya que requiere de un poco más de educación mental. Consiste, nuevamente, en enseñarnos a observar, pero esta vez se trata de detalles lingüísticos. ¿Cómo habla una señora en una reunión con sus amigas? ¿Y un niño de la calle? ¿Y un catedrático? ¿Cuáles son las palabras que usan en determinadas situaciones? Cuestión de fijarnos. Y, a la hora de construir nuestros personajes, ponernos a construír también sus idiolectos.

          Bien, saquen sus tarjetas para fichas bibliográficas. Piensen en un personaje de una historia suya, y escriban su nombre (el del personaje, claro está) en la parte más visible. El resto de la tarjeta servirá para describir el lenguaje particular de ese personaje. (Nota: en lo personal, siendo una amante de los detalles, me gusta anotar en las fichas el currículum de mi personaje, su edad, peso, medidas, platillo favorito, etc. Es una manía, recomendable puesto que el conocer a nuestros personajes enriquece las historias, pero manía, a fin de cuentas).

          Ahora, ¿cómo empezamos? En primer lugar, recordando que el  chiste de todo esto es que nuestro personaje tiene que tener un lenguaje peculiar que lo distinga. Y es aquí, al principio, donde nuestros supuestos mayores enemigos, los vicios y las incorrecciones del lenguaje, vienen en nuestra ayuda.

          Nuestros personajes son humanos, ¿no? Bueno, pueden ser elfos o dragones; a lo que me refiero, es que queremos darles sensación de autenticidad, ¿no es cierto? Y como nuestros personajes, si no humanos, son auténticos, de seguro que tienen por ahí algún pequeño defectillo en el habla. Los más educados y serios probablemente no presenten ninguno, pero hay que hacer distinguible también ese rasgo. Así que, pensemos; ¿tiene nuestro personaje alguna muletilla? ¿Qué clase de palabra es la que más usa? ¿Cuál es su interjección favorita? ¿Dice malas palabras en alguna situación determinada? ¿Cómo cambia su lenguaje cuando está tenso o molesto? Anoten todo eso en la tarjeta. Sí, hagan que su personaje sea algo único y muy tangible. Si se identifican con él, entonces pónganle el lenguaje que ustedes usan. Si no, entonces piensen qué tipo de vocabulario podría usar él.

          Las muletillas y las interjecciones son recursos muy buenos para personalizar un lenguaje. Tengo un personaje femenino que se la pasa diciendo ¿eh? para hilar una frase con otra, y cuando hay algo que la entusiasma, lo único que sabe decir es ¡qué maravilla! Cualquier cosa bonita e interesante es una maravilla para ella, y algo que le gusta mucho es maravilloso.
 

¿No quieres contarme algo, eh? La verdad que, aparte de lo que me contaba mi abuelo, no tengo idea de nada. ¿Qué tal si me platicas, eh?
Odio reconocerlo, pero eres una maravilla... ¿Quién te enseñó todas esas canciones, eh?
¿Te he estado importunando mucho, mujer? Discúlpame, pero ¿sabes?, es que me has caído de maravilla...

          Sí, todas estas son cosas que un corrector común, corriente y poco sensible nos retacharía al instante. Ah, pero nosotros sabemos que ésos son defectos del personaje y no nuestros. Lo imperfecto es lo humano, lo real.

          Podemos echar mano de algunos clichés, sin abusar. Ya sabemos que una muchacha fresa va a repetir muchas veces “o sea” y “te lo juro”, y que una persona que tiene dificultades para expresar una idea va a echar mano del popularísimo “este...” .

          Ah, pero no solamente hay que conformarnos con las situaciones. El lenguaje tiene que reflejar también el interior de un personaje, y su contexto social. Sigan haciéndose preguntas: ¿Nuestro personaje es joven o viejo? ¿Es del campo o de la ciudad? ¿Ha recibido educación? ¿Cuál es su perfil psicológico?  Por ahí tengo un personaje masculino que se la pasa devorando libros de historia y fantaseando con las hazañas heroicas y las aventuras de antaño; su idiolecto está plagado de arcaísmos y palabras rimbombantes. La chica de la que les proporcioné ejemplos es una muchacha un poco nerviosa y tiene muchos deseos de agradar; su ¿eh? es una forma tanto de disimular (al menos, eso es lo que ella cree) los nervios como de buscar aprobación.

          Un personaje agresivo tiene que tener su buen repertorio de palabrotas y frases insultantes; de la misma forma que un personaje tímido contará con su lista de titubeos.  Así, a la hora de redactar finalmente la historia, si por un lado tenemos un diagrama de flujo y por el otro las tarjetas que dicen cómo hablan nuestros personajes, nuestro asunto se verá facilitado.

          Recuerden que esta técnica vale tanto para los escritos en tercera persona como para los de primera. A algunas personas se les hace más sencilla una cosa que la otra; con todo, conviene tener presente que, aun cuando uno escriba en primera persona y siempre y cuando no se trate de un ensayo o una carta (es decir, de la voz propia del autor), tenemos que meterle un poco de cambio con respecto a nuestro idiolecto particular. Podemos hacerlo utilizando diferentes palabras o tono.

          Una sugerencia: a menos que el asunto se vea descaradamente literario, prefieran siempre el registro oral.  Y para mayor información, consíganse una novela de William Faulkner, El sonido y la furia. Por si no me creen que el tono de un relato escrito en primera persona puede variar, digo. En este libro, tres personajes diferentes hablan en primera persona en las primeras tres partes (y se nota de sobra quién es quién). En la cuarta y última escuchamos la voz del autor, y no se parece nada a las tres primeras.

          Veamos algunos ejemplos más de registros empleados correctamente; tengo tres en la cabeza, espero que por lo menos uno les sea conocido.

En su serie Crónicas de Prydain, Lloyd Alexander tiene un grupo de personajes extravagantes, pero absolutamente adorables e identificables por su forma de hablar. Hay una chica que se la pasa haciendo comparaciones (“es como ponerles un sapo en la mano... es como si te hubiera picado una avispa...”), un joven rey más bien bocón que se la pasa poniendo por delante el nombre de su familia (“¡Un Fflam nunca ha temido a nada! ¡Un Fflam jamás vacila!”) y un animalito que usa las palabras en pareja (“Morder y mascar... golpes y catorrazos... dolores y ardores”).

          En  El Señor de los Anillos, recordemos nada más cómo suena el habla coloquial de Merry y Pippin contra la mucho más formal de Gandalf y Aragorn. En las largas conversaciones de Frodo y Sam, es muy obvio quién de los dos se ha pasado leyendo más, por el nivel de vocabulario que usan. El habla concisa de Legolas lo delata como una persona un tanto cerrada, mientras que su amigo Gimli, mucho más cordial, siempre está listo para expresar en voz alta sus emociones.

          Ahora, si revisamos cualquiera de las obras de Shakespeare, nos tropezamos con uno de los trabajos más impresionantes que se han hecho en cuestión de dialectos y registros. El autor no se conformó con escribir en un solo inglés, sino que se metió con todos los de la época, y sus personajes reflejan con toda fidelidad cuál era el habla de aquellos tiempos en ricos, pobres, cultos, incultos, reyes y vasallos.



                                         *                    *                    *



          Bueno, nadie dijo que escribir fuera fácil. Pero como podemos ver, no deja de ser una actividad de lo más reconfortante, y en la que se puede aprender mucho más de lo que la gente suele sospechar.

          He dejado para el último lo más sobado: los consejos y las recomendaciones. El más importante: quítense el miedo al papel. Suéltense. Escúchense. Y prepárense. Eduquen su mente y su pluma. Y, una vez que hayan hecho esto, prepárense para lo mejor: crear buenos hábitos de escritura (ya que en la inspiración por sí sola no se puede confiar, hay que añadirle disciplina al asunto).

          Lean como locos. Absorban lo que tienen alrededor. Cuidado con las tres Rs. Y, finalmente, escriban. Escriban, escriban...
 

Ir a Las tres rs del escritor: índice

Volver a página de ensayos